Qué sociedad queremos construir.

Historias de vida.

Valeria:

Valeria fue mi primera amiga. Teníamos cinco años. Éramos vecinitas. Casi todos los días jugábamos juntas o íbamos por algún mandado.

Valeria era una niña amistosa y bien vestida, de blusas tejida, vestidos y faldas con holanes.

Nuestra vida era ir a la escuela, regresar, hacer tareas, jugar, ir hasta la casa de mis abuelos, salir por una malteada con cinco pesos de nuestro domingo.

Vale era muy amistosa. Saludaba a todo mundo y todos nos conocían.

Nuestro mundo era la panadería, la miscelánea, la tortillería, otras casas de vecinos, la casa de mis abuelos, otras dos tiendas.

En una de esas tiendas teníamos un amigo llamado  Mario.

Un día de camino a la panadería,  al pasar frente a la tienda de Mario, Vale bajó la cabeza y apresurando el paso me dijo: “Apúrate, ¡vámonos!”.

Y pasó lo mismo por varios días.

Vale cambió, ya no se mostraba tan amistosa. Comenzó a venir menos a jugar conmigo.

Hasta que le pregunté por qué no venía a jugar conmigo y no salía. Ella me contestó: “Mario me da miedo”. Esas palabras me asustaron mucho, no entendí que quería decir.

Luego de algunos días, volví a recordar las palabras de Vale cuando regresamos de la escuela. -Valeria: ¿por qué te da miedo Mario? y Valeria me dijo: “Porque Mario me toca feo, me mete la mano”

Mario tenía unos 35 años.

Elizabeth:

Todos los días en la secundaria eran parecidos: Llegaba y escuchaba clase, salía al recreo, platicaba con mis amigas, nos íbamos al fondo del salón, nos sentábamos en las bancas y platicábamos. Todos los días eran casi idénticos. Nos reíamos de cualquier cosa. Chismeábamos. Algunas contaban sus penas del día, otras nuestros aciertos escolares. A veces, era aguantar chamaquitos precoces y groseros.

Teníamos una compañera que se llamaba Elizabeth. Nunca salía al recreo. Hablaba poco. Se reía cuando nos reíamos. Escuchaba los chismes. No decía: quiero ser doctora, quiero ser dentista, cómo lo decíamos nosotras.

Cuando Elizabeth hablaba era por que estábamos solas: ella y yo. “Me gusta hablar contigo porque tú me escuchas”, me dijo en una ocasión.

Elizabeth había quedado huérfana de madre a los 8 años. Su padre se volvió a casar con una mujer que tenía dos hijos.

La madrastra no era una buena persona. Me contó una vez: “Mi madrastra me pega, siempre me ha pegado, me pone a barrer, a trapear, a cuidar a mis hermanos, y si no lo hago me pega con la vara, siempre lo ha hecho, ya ni recuerdo…”. ¿Y tu papá qué dice? -le pregunté- “Mi papá llega cansado, y no dice nada. Nunca dice nada”.

Bianca:

A pesar de que nuestras familias ya se conocían desde antes, Bianca y yo nos hicimos amiga en tercero de prepa.

Bianca se ponía a la defensiva cuando teníamos clase con profesores hombres.

Había un profesor que la ponía de malas. Era un profesor  muy alburero y siempre decía cosas con doble sentido.

Bianca se quejó de ese profesor durante todo un año. Incluso, llegó a poner en ultimátum a la dirección de que si no cambiaban a ese profesor, ella quería ser cambiada de grupo.

Yo ayudé a Bianca a protestar por el comportamiento de ese profesor cuando ella me contó: “Mis primos abusaron de mí, desde niña, siempre abusaron de mí”. “¿No le dijiste a tu mamá?”. “Sí, pero no me creyó”.

Alfredo:

Mi padre andaba con otra, yo no lo sabía. En aquellos días yo era un niño de cinco años.

Un día me llevó con él; iba a ver a la otra. No me dijo a dónde íbamos. Mi madre lo supo y desde ese entonces, comenzó a golpearme. Me pegaba si no hacía las labores de mis hermanas. Me daba con el cinturón y mi abuela se tenía que meter para que dejara de pegarme. Creo que desde ese entonces ya no me quiso.

Mi papá nunca dijo nada.

Lulú y Atziri:

Lulú tenía 15 años cuando la conocí. Llegó a mi casa en busca de trabajo, de lo que fuera con tal de que la aceptara con Atziri: su hija de 2 años.

Siempre tenía una actitud agresiva. Desconfiaba de todo buen trato o buena paga. Muy neurótica para su edad.

A ver Lulú: cuéntame, ¿por qué te embarazaste?, ¿cuál es tu historia?- le pregunté-

Se quedó callada un rato, después, empezó a decirme mientras le daba de comer a Atziri.

“Yo no soy de aquí, vengo del D.F. Me vine huyendo ¿sabe?”

-Pero y ¿por qué?, ¿de quién huyes?- “Yo me fui de la casa a los 9 años, le entré a todo, me llevaron a un hospicio”.

-¿Por qué te saliste de tu casa?- “Es que mi padrastro abusaba de mí, y mi mamá nunca me creyó y preferí irme”.

¿Entonces Atziri es hija de tu padrastro?- “No, yo estaba bien ahí en el refugio, estaba aprendiendo a leer, a hacer cosas.  Y a los seis meses llegó a buscarme un tío. Al principio se portaba bien, me daba de comer; pero empezó a mirarme raro. Ahí estuve hasta casi los 13 años con él y su familia. Pero me violó. Por eso huí. Atziri es hija de ese hombre”.

“Historias de vida” de Hercilia Castro: http://ghatospardosenlucha.blogspot.com/2011/04/gatos-pardos-ninas-de-azucar.html

¿Sociedad de Violencia o de amor?

La violencia doméstica es un modelo de conductas aprendidas, coercitivas que involucran abuso físico o la amenaza de abuso físico. También puede incluir abuso psicológico repetido, ataque sexual, aislamiento social progresivo, castigo, intimidación y/o coerción económica. La violencia deja una herida que a veces no tiene cura.

La violencia doméstica se da básicamente por tres factores; la falta de control de impulsos, la carencia afectiva y la incapacidad para resolver problemas adecuadamente; sin contar que en algunas personas podrían aparecer variables de abuso de alcohol y drogas.

Es triste y doloroso vivir una vida si no se recibe amor durante la niñez. Las experiencias de los cinco primeros años dejan una marca imborrable para toda la vida, para bien o para mal.

El privar a un niño de amor es como privar de fertilizante a un árbol que empieza a crecer, pero el golpearlo es como alimentarlo con veneno, lo va a matar psicológica y emocionalmente, o en el mejor de los casos va a crecer herido de muerte. Una muerte lenta que nunca llega.

Algunos golpes producen heridas visibles, pero hay otros que no se ven, que se graban  en la mente y en la identidad de ese niño o de esa niña. Provocan cambios en su “yo” y los resultados de estos golpes emocionales se verán después en sus relaciones con personas significativas y en su relación con el mundo.

Cuando se repiten los golpes físicos, cuando se repiten los maltratos psicológicos o emocionales, cuando el silencio es constante, el amor se diluye hasta que la esencia se pierde.

El maltrato es tan dañino en la niñez porque ese niño o esa la niña no saben defenderse; su mente apenas comienza a desarrollar mecanismos de defensa para poder filtrar y analizar lo que ve y oye. La mente de un niño aprende de lo que percibe: recibe todo. No tiene capacidad para decir esto es verdad o no es verdad, lo que escucha es justo o injusto. Entonces, los mensajes-golpes son olas gigantescas que llegan sin aviso y sin control a lo más profundo de ese niño receptor.

A días de haber celebrado el día de la niñez denuncio y pregunto, ¿Por qué hacer infelices a los niños? ¿Por qué cagarles el futuro? ¿Cuántos adultos de más de 30 años han sido abusados y en su niñez nunca supieron sus derechos? ¿Cuántos y cómo han sobrevivido al dolor?

Escribo a nombre de tantos, esperando que algún día alivien ese dolor, cerrando esa herida para sentir que ese pasado se aleja: “Yo fui abusado”. “Yo fui niña violada”.

Tú y yo como ciudadanos: ¿Tendremos el interés y la valentía para denunciar al vecino que maltrata al hijo o a la hija, a quién prostituye o golpea a su sangre, aunque sean nada nuestro?

Mientras estemos callados, seremos cómplices de los vicios de nuestra sociedad.

Mientras callemos hacemos de nuestra sociedad una sociedad decadente.

Mientras callemos somos pecadores por omisión.

Ahora imagina lo distinta que resulta la niñez y el futuro de ese niño y niña cuando crecen viendo el amor entre su padre y su madre, cuando ellos ven que su madre recibe con alegría al padre que llega del trabajo, o cuando el padre regala flores a su esposa o le da un beso día a día, semana a semana, mes a mes, año tras año. Son conductas que se van grabando en el alma de los niños como conductas naturales, que van modelando su personalidad, que los llenan de amor.

¿Qué sociedad construimos con niños felices, llevando amor en sus corazones? Yo quiero construir esa sociedad

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